La casa de los disturbios por Carlos Andrés Pastrán

Iba en un viaje tremendo hacia algún departamento lejos de la capital.  Los bosques a ambos costados de la carretera se hacían más estrechos y parecía alguna película tétrica o un capitulo de una serie de terror. La carretera frente a mis ojos, oscura, con una luz tenue apenas visible era somnífera. La luna era brillante y las estrellas se alejaban. Me sentía raro y angustiado. Repasaba cada decisión mal tomada de mi vida en mi cabeza, cada segundo eterno que transcurría.

Manejé un rato más sobre la autopista y en un momento perdí la noción del tiempo. Se había hecho tarde rápidamente, no había llegado a mi destino y de pronto sonó mi celular. Me había llamado un número desconocido. Fue extraño y la luz del móvil me cegó totalmente. Decidí atender pero también detuve el carro en plena calle para descansar los pies, no me pareció peligroso, pues la carretera estaba desolada. Resultó que la llamada se cortó, quizá por la mala señal de la zona en dónde estaba, pero de repente, caí. Sentí un ambiente soporífero y me dormí infinitamente en aquel limbo extraño, en aquella pasarela de sucesos extraños poco convencionales, me dormí pero a la vez me sentía en otro mundo.

Me levanté de pronto, y por una trágica y extraña razón empecé a sentir un dolor de cabeza espeluznante. Sentí ansiedad de levantarme, caminar y estirar mis piernas. Era de noche, muy tarde. Me fijé en los bosques de los costados y me dio escalofríos.

Una voz familiar endulzaba mi oído, llamándome tan cariñosamente, tan peculiar que no me pude resistir. Mis piernas comenzaron a moverse y me adentré al bosque al lado de la carretera. Caminé como una media hora entre aquellos árboles enormes y encantados. Miré los cielos y vi estrellas fugaces. Pedí deseos de  una vida mejor. Me lavé la cara en una pequeña laguna que más bien parecía pantano. Mis piernas me pesaban, mis zapatos estaban llenos de lodos y de agua. El clima era bastante frío y hasta pude ver cómo la niebla se formaba en varias montañas a los lejos de aquel bosque. Seguí caminando persiguiendo aquella voz.

En un valle encontré vacas, caballos libres y una cabaña con las luces encendidas. La casa era grande, de madera, vieja, sucia, embrujada, con telarañas, cómo la típica casa de campo de las películas de Hollywood. Se oía un disturbio dentro y decidí acercarme e investigar un poco. Tenía miedo, tenía ganas de orinar y mucho frío. Me adentré en la terraza de la cabaña en plena oscuridad sin hacer ningún ruido y dentro de ella habían muchas personas pero todas estaban de espalda, todas tenían el mismo atuendo, exactamente un saco de gala gris que había visto en  una tienda capitalina, la misma estatura y todas hablaban con su igual acento y tono de voz.

En ese momento tan extraño entré en pánico y en un intento de salir huyendo de ese lugar, tropecé, hice un ruido enorme y todas aquellas personas me voltearon a ver rápidamente. Salieron y me tomaron por los brazos y piernas. Yo simplemente cerré los ojos de aquella inminente tortura y deseé que solo fuera una pesadilla.

Abrí los ojos tiempo después y estaba sentado en el comedor principal de la casa y todas las personas estaban frente a mi, observándome como si fuera un espécimen raro. Pero en ese mismito momento entendí su preocupación, que inmediatamente se convirtió en la mía también. Todos éramos las mismas personas. Todas las personas en aquella casa tenían mi aspecto y mi rostro y mi voz y mi estatura y mi forma de ser.

Tuve la sensación de sentirme en mi propio hogar pero a la vez lejos. Me sentí triste, sin alma, sin humanidad. No sabía ni lograba precisar  rápidamente la locura que estaba pasando y de  la cual yo era el principal partícipe. Súbitamente uno por uno se me fueron acercando y me contaron su historia.

Uno de ellos me contó que tenía miedo de fracasar en la vida. Otro que no sabía si el era suficiente para hacer feliz a sus seres queridos. Otro me dijo que tenía miedo de su futuro porque no tenía idea que lo que iba a hacer con él. Otro me dijo al oído que tenía miedo al rechazo y que inventaba hazañas a sus amigos para no parecer menos que los demás. Otro me contó, mientras lloraba, que era un idiota y que todas las cosas que hacía le salían mal. Otro bien triste me pidió consejos de cómo hacer para volver a confiar en las personas. Otro me contó que en su vida hace muchas cosas pero que no sentía que esas cosas eran perfectas. Y así estuve todo el tiempo infinito dando consejos y escuchando la vida y problemas de seres extraños que por alguna coincidencia tenían mi maldito rostro.

Se escuchó un estruendo, como el de algún vidrio romperse y del segundo piso de aquella cabaña bajo un tipo sin rostro, alto, musculoso, vanidoso y extraño. De repente todos los que se parecían a mi desaparecieron corriendo a sus cuartos cuando vieron a aquel ser raro. Era como su jefe, su padre, su teniente, su mayor. Se acercó a mi y me dijo ”¿Qué haces tan pronto aquí?”. Me quedé perplejo, en shock. Aquel bosque, aquella cabaña, aquellos hombres, yo, me desvanecía, así como por arte de magia.

Luego una luz cegó mi mirada y el sol me quemaba la cara mientras estaba acostado con el asiento reclinado en mi vehículo. Me asusté, tomé agua, me fijé en mi celular, era de mañana y mi mamá me había llamado repetidas veces. Leí un mensaje donde me preguntaban si había llegado bien. No respondí y seguí mi camino.

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Carlos Pastrán, joven de 19 años, nicaragüense. Amante de lo natural, las complejidades de la vida y los conflictos filosóficos. Escritor de cuentos, artículos y opiniones en periódicos locales.

La gallinita ciega por Fernando Sequeira

Corretea la gallina porque sabe que no hay falta en procurar su vida. Cacarea para sentir su pescuezo, para oírse y amenazar a quien no puede ver. Y es que ella es ciega, siempre lo fue, nació invidente y por los granjeros fue acusada de torpe. “La ilusa” fue llamada, por tropezar con paredes, por caer en cuencos, por no encontrar su comida cuando ellos la escondían.

Corretea la gallina porque sabe que es su turno, porque conoce el sonido del cuchillo. Cacarea como un grito de auxilio, para unir a las masas, para alertar a sus hermanas, a aquellas que la vieron de lejos. Y es que será decapitada, ejecutada sin delito ni condena. “La siguiente” es su nombre, porque ya mataron a otras, porque ahora ella fue señalada, porque a los granjeros no les gusta su actitud.

 Corretea la gallina en busca de su pueblo. Corretea por el corral porque sabe que no está sola. Corretea para buscar, corretea para encontrar, para tantear y reconocer a los otros, y reconocerse en los otros. Y da vueltas y vueltas y más vueltas, y no encuentra a nadie. Llora a lágrima viva, a llanto sincero, no por su muerte sino por su abandono.

Ese día murió una gallina más en la finca, devorada por los grandes insensatos. Y fue solo una gallina más, una del diario morir, de las que siguieron desapareciendo mientras el pueblo observaba y evitaba en silencio, por miedo a ser atrapados y ser los siguientes.

Pero la frecuencia es imposible de ignorar, las desapariciones no son casualidad. Las gallinas se levantaron con palos y piedras contra los finqueros armados, tomaron para sí el corral, afilaron sus garras, reclamaron el derecho a su vida y no evitaron más la obviedad que significaba el peligro de los granjeros, aquellos que les prometieron alimento pero se las comían a escondidas.

Hasta el día de hoy, los niños pequeños conmemoran en ritual lúdico a la gallina ciega, pero ninguno recuerda su historia. Recordar la historia no es costumbre humana, luchar es propensión, pero guerrear por vivir es la base de la naturaleza más humana y animal, desmiente lo impuesto por el hombre y reafirma en las gallinas su propio ser. Es por esto que las gallinas combaten, se defienden y viven, y aunque los hombres del corral lo crean absurdo, las gallinas se saben capaces de abrir sus alas y emprender un vuelo extenso, no para huir, sino para sentir su libertad.

Alguna noche el espíritu de la gallina ciega volverá como ideología, y el corral será retomado por las gallinas que aran su tierra, que luchan las unas junto con las otras, que viven, comen y duermen dentro de sus fronteras. Alguna noche una verdadera gallina suplantará al granjero, y el corral será al fin justo para todo el gallinero.

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Fernando M. Bonilla (Fernando Sequeira), nacido en San José, Costa Rica, en 1993. Bachiller en Filología Española por la Universidad de Costa Rica. Estudiante de grado con énfasis en Literatura. Su incursión en el género narrativo es reciente, con dos publicaciones previas en la revista digital costarricense Arrebol. Actualmente labora para el Ministerio de Educación Pública y realiza revisiones filológicas independientes.

La orquídea con espinas por Diego Zárate Montero

Para Thaís Rodríguez

En un bosque agreste, de noche tormentoso e inhóspito, florecía un delicado jardín bajo el cobijo ardiente de un sol tropical.

Cuando las montañas flotantes llegaron junto a un templado sol naciente que anunciaba un nuevo mundo, la plaga de ratas amenazó su vida endémica. Muchas especies se extinguieron, otras nuevas florecieron y las que sobrevivieron tuvieron que adaptarse. Ningún botánico daría crédito a las espinas que le brotaron a la Cattleya mossiae y cuyo filo de espada libertadora contagió a muchas otras, quienes para sacudirse de la peste se armaron con aguijones propios.

Con el águila calva vino la peste del pulgón verde, y como si la historia fuera una prueba despiadada de los dioses para seleccionar a sus favoritos, fue precisamente esta flor, la más hermosa de todas, la que llevó la peor parte. Otras orquídeas se acostumbraron a la plaga y la acogieron en su seno. La Cattleya trianae enquistó su tallos y flores con unas manchas como coágulos corpusculares; la Guarianthe skinneri renunció a su exuberante colorido y como congelada de temor se quedó morada; la Rhyncholaelia digbyana en su desesperado martirio arrojó muy lejos sus keikes, cual Stanhopea wardii con sus semillas.

Pero la flor de mayo decidió mantenerse digna ante los denuestos del cruel asedio. A su lado resistían la Hedychium coronarium, cuya blancura, aún con el tallo desvaneciente, seguía siendo cultivada por el poeta para sus amigos y enemigos; y la Plumeria rubra, a quien la peste verde había llegado como una primavera de ruina y fuego.

Las raíces de esta orquídea rebelde parecieron enfriarse y sus espinas perdieron vigor como deshidratadas. Su aroma, el mas dulce y seductor del jardín, entristeció como la risa de un niño hambriento, y la lluvia tórrida rebajó sus colores como al vestido raído de una humilde campesina.

Entonces, como venida de entre los muertos, floreció a su lado una tímida Cempoalxóchitl.

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Diego José Zárate Montero. Costa Rica. 9 de abril de 1990. Licenciado en economía por la Universidad Nacional de Costa Rica.  Estudiante del tercer semestre de la maestría en economía del Posgrado en Economía de la UNAM, en la sede el Instituto de Investigaciones Económicas, en el campo de conocimiento de economía política.

Estrella del rock por Tomás Sánchez Hidalgo

Estrella del rock

Una entrevista a una estrella del rock, paradigma mediático. Expresión facial traviesa y tímida de quien, con el aspecto del tipo divertido que más bien desconfía del extraño, de lo demás, del ager publicus, vivía parapetado en su mundo personal de referentes y relaciones, clichés propios. Acudió a la cita televisiva en pijama, un extracto de lo que escuché:

— ¿De qué vas disfrazado hoy?

— Voy disfrazado de mí mismo —llevaba un revólver, al lado del micrófono. Apuntaba de hecho hacia éste.

— ¿Un hobby?

— Logomaquia —además, estaba descalzo.

— ¿Otro hobby?

— Puterío selecto.

— ¿Un color?

— Cian.

— ¿Una comida?

— Sushi.

— ¿Una bebida?

— Absenta.

— ¿Un número?

— El final.

— ¿Un taco?

— Hostia.

— ¿Practicas algún deporte?

— Yo soy más de coger.

— ¿Un objetivo a corto plazo?

— Salir de aquí.

— ¿Un paraíso perdido?

—  Verano del 88, en algún lugar de Irlanda, irrepetible, con dieciséis años recién cumplidos: pecado cúbico.

— ¿Algo que detestes?

— Alabama, los palíndromos… Eso  es, sí, sin dudarlo… Los palíndromos…  Alabama y los palíndromos… Además, también detesto la cárcel catódica…   Bueno, y los casinos, las monarquías y los actos de fe.

— ¿Algo que temas?

— Temo al ostracismo a plazos. Temo poder llegar a ningunear en algún momento de mi vida mis propios objetivos vitales, mis principios. Temo llegar a esperar tiempos pasados, sudando años. Temo al embrutecimiento exponencial de la masa. Temo al petardo del fin del mundo.

— ¿Una palabra que te ponga nervioso?

— Matiz.

— ¿Te consideras un revolucionario?

— No, para nada, no soy revolucionario.

— ¿De veras? En ti suena raro.

— No, no lo soy, y es cosa lógica: en una revolución, las mujeres están todo el día cansadas, y además no hay buenos restaurantes.

— ¿Unas palabras para tus fans?

— Cadalso para todos.

— ¿Cuál es tu sueño inconfesado?

— Hacerlo, esposado, frente a un televisor en blanco y negro en el que pasan películas a cámara lenta, con imágenes muy cortantes. Hacerlo esposado, sí. También conocer a Bob Dylan.

— ¿No lo has conocido personalmente?

— No, personalmente no, lo cual resulta, cuanto menos, digamos que curioso.

·         — ¿Te gustaría conocerlo?

— Sí.

— ¿De qué hablaríais si os presentaran?

— Ah, pues, ni idea. ¿De muebles, quizás?

Silencio. Ahora de nuevo otra llamada, por el local en venta, que tampoco cogí.

— ¿Cuáles han sido tus principales influencias?

— Estoy hecho de muchas personas.

— ¿Un sinónimo de tu obra?

— Amalgama, o campo ecléctico.

— ¿Un poeta?

— Kavafis.

— ¿Un lema vital?

— Best is just to come.

— ¿Una marca de ropa?

— Paul Smith.

— ¿Qué fue de tu carrera taurina?

— Me sobraba valor, pero me faltaba talento… Yo no me quitaba de delante del toro, pero me quitaba el toro mismo.

— ¿Hay algo más transgresor que tu música?

— La Bauhaus.

— La vida te ha enseñado que…

— La letra, con teta entra.

— ¿Cuánto aspiras a ganar?

— Lo suficiente para gastármelo todo.

— ¿Te has sentido alguna vez un traidor?

— Enseguida se hace de noche.

— ¿Qué piensas de la copla?, hoy muchos intelectuales la reivindican.

— Pues que la reivindiquen, a mí me la suda.

— ¿Cuál es el último libro que has leído?

— Pues, ahora que lo preguntas… Precisamente éste, el que nos otorga efímera y circunstancial existencia a ambos.

— ¿Capital de Malí?

— Bamako.

— ¿Sabes pilotar un desierto?

— Puedo intentarlo.

— ¿Un psicotrópico?

— Pastillas para la fe.

— ¿Qué vas a hacer con tus Grammys?

— No lo sé.

— ¿Qué queda hoy del punk?

·         — Del punk no quedará nada.

Silencio.

— ¿Quién es tu ídolo?

— Aspiro a ser mi propio ídolo.

— ¿Quién es tu ídolo?

— Aspiro a ser mi propio ídolo.

— ¿Quién es tu ídolo?

— Aspiro a ser mi propio ídolo.

 

 

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TS Hidalgo (45) holds a BBA (Universidad Autónoma de Madrid), a MBA (IE Business School), a MA in Creative Writing (Hotel Kafka) and a Certificate in Management and the Arts (New York University). His works have been published in magazines in the USA, Canada, Mexico, Argentina, Chile, Venezuela, Germany, UK, Spain, Ireland, Portugal, Romania, Nigeria, South Africa, Zambia, Zimbabwe, Botswana, India, Singapore and Australia, and he has been the winner of prizes like the Criaturas feroces (Editorial Destino) in short story and a finalist at Festival Eñe in the novel category. He has currently developed his career in finance and stock-market.