Instrucciones para matar a una rata por Fernando Sequeira

-¡Ya no sea cobarde y cuidado se me pone a llorar! ¡Y Dios guarde titubea! Ya usted está grandecito, pórtese como un hombre.

Los ojos del niño se humedecieron y la boca de su estómago tembló como si un viento fuerte huracaneara en él. No hay peor miedo para alguien que el miedo a lo que no puede enfrentar por culpa de la moral, de la religión y de la herencia de la sangre.

-¿Ya tiene listo todo? ¿Y diay? ¿En qué lo tengo? A ver, primero lo primero, saque el veneno. ¿Cómo que cuál? ¡Ese de ahí! No empiece a jugar de idiota, ¿acaso no lee la etiqueta? ¡Agarre eso bien y cuidado se le riega, vea que esa carajada es cara! ¡Si llora lo arreo a fajazos, para que llore por algo!

Pero él llora, llora como todo hombre, como cualquier ser humano. Llora de rabia y de miedo, por ser él y por su padre. Llora porque la repetición de la palabra lo hace sentirse inútil; porque no es perfecto, aunque nadie pueda serlo.

-Déjese de mariconadas, que yo no crie a una chiquita. Póngase recto, va a asesinar, hágalo seguro.

Ese día, frente al cuerpo grande de su padre, el niño recibiría instrucciones para aprender a matar una rata. Sería la primera vez que quitara una vida, y probablemente solo una de muchas. Después de todo es solo un niño, moldeable y manipulable.

Al saber que mataría sintió como si los tejidos de su rostro se voltearan y no pudo evitar abrir grandes los ojos. Palideció. El niño ya no quería seguir, no quería ser parte de eso. ¿Por qué no estaba más bien jugando? Si tan solo fuera fácil huir de su padre. Pero era su padre. Su palabra era santa orden, su voluntad era la voluntad de todos los miembros de la casa.

La espera era larga. Al niño le dolían las piernas porque su padre no lo dejaba acomodarse en otra posición: si se movía, la espantaría. ¡Pero si ni siquiera está cerca! ¿Por qué debía presenciar la muerte? ¿Por qué verificar con la mirada lo que era mejor evitar? Es mejor vivir suponiendo, enterrar en santo funeral el cadáver cuando aparezca, pero no mirar a la rata agonizar. Es un peso menos en la conciencia.

-¡Ahí está! Quédese quieto porque si no la asusta. ¡Ya! ¡Ya! ¡Se lo está comiendo! Ya va a ver cómo estira la pata. Primero va a respirar más rápido y a caminar desorientada. En un rato le empieza a sangrar el hocico y después va a vomitar sangre. ¡Ve! Ya se atontó la bichilla. ¿Que si le duele? ¡Qué va! Es una rata, las ratas no sienten. Ella solo se va quedando dormida. Y si sintiera qué importa. ¿Quién la tiene naciendo rata?

Pasó como profetizó su padre. Con cada respiración de la rata el niño sentía la cuchillada cada vez más profunda en su alma. ¿Por haber matado ya no irá al cielo? Es su culpa, por hacer caso. En los programas que ve en la tele los niños se oponen y hacen lo justo, pero él tiene miedo de que su papá le pegue. El niño no quiere matar, él quiere hacer lo que cree correcto, pero el pánico es tanto que se toma su tiempo para prepararle a la rata su última cena y mirar traidor su agonía.

La rata, con el hocico lleno de sangre, cayó y su respiración atenuó hasta que el vello de su abdomen dejó de moverse. En ese momento se cumplió el inicio de la pena del niño, y tan solo el preludio del momento que marcaría el resto de su vida.

-Eso era todo, carajo. ¡Lo hizo bien! Así me gusta. ¿Ve? Yo sabía que había criado un buen carajillo.

Y así fue, por unos momentos el padre estuvo orgulloso de su hijo, pero una rata más, una cría minúscula de ojos grandes se asomó desde el agujero y caminó dudosa hasta el cuerpo de su madre. Lo olfateó, dio vueltas y lo empujó con su hocico, pero la rata grande ya no respondía.

-Ah, no jodás, ¿hay más? Ah, pero si esa es una ratilla, ha de tener como dos o tres semanas… ¿Cómo que qué? Di, mátela. ¿Que por qué? ¡Porque es una rata! ¿Necesita más motivo?… ¿Y a mí qué putas me importa que sea bebé?

Envenenar era una cosa, pero usar el propio cuerpo para cegar la vida de un infante era otra cosa. El niño era ya un asesino, su primer crimen aún borboteaba sangre caliente, y se veía obligado a cometer un pecado aún más grande sin haber superado el trauma del primero. Como todo buen primerizo, no sabía qué hacer.

-Di, no sé, májela… ¿Cómo que pobrecita? Ay, no se me ponga en esas. Tome, tome esta pala y péguele… ¡Que le pegue! ¡O le arrea usted o los arreo yo a los dos! ¡Es una hijueputa rata! Si la deja viva va a crecer y va a ser otra plaga. ¡Dele!

Golpe.

-Uuuy, carajo. No la mató. Qué mierda, le deformó el cráneo pero no se murió. Dele otra vez. Dele.

Golpe. Llora como un hombre.

Golpe. Llora con rabia, odia a su padre, odia no ser esa rata.

Golpe. Se aferra con fuerza a la pala. Acomoda su cuerpo para voltearse y cambiar su objetivo en cualquier momento, destrozar el cráneo de su padre, que su madre corra a él con sus brazos abiertos y vivan felices para siempre.

-No dude, siga dándole hasta que se muera.

Golpe. Es capaz. La orfandad no es tan mala si se compara con esto. Está decidido, y a pesar de ser un niño tiene las fuerzas suficientes para matarlo. ¿O no? De por sí ya sabe matar, su padre le enseñó. Matará. Con todo el pánico que puede tener matará a su padre. Tiembla de rabia, dispuesto a matar a la mayor rata de su vida. Y no le importa qué pase luego, le importa el ahora. Golpe.

-¡Puta! Le sacó los ojos. Y todavía respira. Deje, deme esa vara a mí, va a ver cómo se mata una rata a palazos.

-¡No!

Golpe. Del padre al hijo. Lo abofeteó por cuestionarlo y por débil. Su padre le arrebató su pala y su impulso en un instante. Ya en el suelo, llorando y desesperanzado, el niño perdió la única iniciativa segura de su vida, y el padre terminó de matar a la rata, como si matara a cualquier niño.

-¿Ve? Ya está. Nada costaba matar un par de ratillas. Eso es básico para que vaya construyendo su masculinidad y deje de andar con mariconadas. Ya está grandecito, usted ya es un hombrecito, así que tiene que empezar a comportarse como tal. Ya en su momento usted le va a enseñar a sus chiquillos cómo matar a una rata.

Y entonces se fue, dejó al niño solo como fue común toda su infancia, solo con un cadáver y restos de sesos, piel y sangre de otro. Ese día, frente a los cadáveres pequeños de sus víctimas, el niño aprendió la mayor lección de su vida, y lo que en este mundo llaman “ser un hombre”.

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Fernando Sequeira (San José, Costa Rica, 1993), seudónimo de Fernando Montero, estudiante de posgrado en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Costa Rica. Actualmente habita en Ecuador y labora de manera independiente realizando revisiones filológicas. Ha cursado talleres de dramaturgia en el Taller Nacional de Teatro, Teor/ética y el Teatro Giratablas, pero su producción gira alrededor de la narrativa breve. Asimismo, ha publicado cuentos en revistas digitales de Costa Rica y Nicaragua.

Una rebanada de noche por Ernesto Juárez Rechy

Hay una rebanada de noche afuera de mi ventana, una grande de chocolate oscuro.

Cuando llegué a este cuarto, donde me he sentido como una condenada, la ventana fue la única que logró que le contestara el saludo.

El viento hacía un murmullo suave y húmedo al pasar entre las hojas y ahí mismo aparecían los rayos vespertinos.

Sentí reparo de acostarme en la cama, porque no sabía si estaba limpia, pero como quien ha huido y ya no puede más, me desvanecí sobre las sábanas.

Nunca había vivido fuera de casa a pesar de que tengo más de treinta.

Ahora me quedo con una familia completamente desconocida.

La gente puede verse amable, pero esto es insuficiente cuando acabas de conocerlos, más cuando tú misma estás hecha un desorden.

Cualquier gesto es amenazante para quien no ha convivido con estas personas y no tiene la experiencia necesaria para descifrarlos.

Allá, en mi país, mi recámara quedaba junto a la lámpara de la calle, por lo que era difícil que la penumbra fuera completa.

Aquí, cuando apagué el interruptor para irme a dormir por primera vez, me asusté por lo que percibí como una total ausencia de luz, como la pérdida de todo sentido y de toda orientación, no sabía siquiera si seguía teniendo cuerpo o si me había vuelto yo misma una tristeza vacía y extensa como un abismo.

La siguiente noche entre sueños escuché que alguien giraba la manija de la puerta intentando irrumpir en el cuarto, cada vez con más fuerza, y yo no podía moverme ni evitarlo.

La penumbra era un peso muerto que cerraba mis párpados como las profundidades marinas.

En medio de sobresaltos y sudores fríos logré despertar.

¿Había alguien intentado entrar o sólo era yo?

La falta de cortinas fue acostumbrándome a abrir los ojos con el sol o, más aún, a sentir el amanecer en la piel.

Al final del día, el cansancio del estrés y del trabajo me obligaban a rendirme y a paulatinamente hallar grata la sensación de ser arropada por la oscuridad.

Las horas nocturnas pasaban sin sentirlas.

Sin embargo, ahora despierto tres o cuatro horas antes de que suene la alarma.

Pero no es molesto, es como si estuviera sentada frente a un pedazo de un buen pastel de chocolate, al que podría devorar, pero me detengo.

Quisiera tragarme uno completo para poder sentirme satisfecha y despegarme de lo que me gusta tanto.

Como no es posible, trato de saborear la noche, de disolverla en mi saliva, le rasco la espalda y con los dientes me limpio la uña, me acerco al plato para olerla y trato de retener el aroma, como si con cada paladeo pudiera extender el tiempo.

La noche ha sido el primer lugar donde me he sentido segura aquí

Lo que no implica que ahora en mi vida cotidiana me sienta cómoda o tranquila.

Tal vez porque ahí es donde más apartada estoy de esta ciudad y de todo lo que implica…

Compromisos, extrañamiento, una sensación de estar siempre tras un cristal, una convivencia que todavía no sé digerir, miradas que no sé leer, la imposición de una presencia que me rechaza…

…ser demasiado lenta para este ritmo de vida…

Me siento cansada como nunca antes.

Las líneas paralelas entre el sueño y la vigilia se han unido oscuramente.

Antes podía sentir mi fatiga y prevenirme contra ella.

Ahora mi cuerpo se desbarata sin avisarme.

Me duermo sin darme cuenta y cuando menos lo espero.

A medianoche no hay sensación de extrañeza porque estoy sola.

Me levanto y no enciendo el interruptor, la iluminación es estruendosa, todas las demás luces sabrían dónde me oculto y vendrían a buscarme a esta apagada colina.

En la mañana las prisas le clavan las espuelas a mi corazón.

La noche me calma y me dice que todavía falta para lo que sea que haya que hacer, que estoy a salvo en su territorio.

Debe sin embargo ser una noche despejada, sin nubes que me oculten su brillo, como las gotas relucientes que escurren cuando alguien comienza a llorar o los genitales a lubricarse.

La noche en la ventana sería lo que más extrañaría de este cuarto, tan inconveniente porque estoy distante de la universidad, de los horarios, de las fechas de entrega.

Desde que llegué a esta ciudad todo lo que pasa lo veo como fuera de mí.

No estoy ni muerta ni viva, las cosas suceden y yo no sé qué está pasando.

Lo mejor de este viaje ha sido la hora de dormir, pues ha sido donde más conciencia he tenido.

Para mí el instante de la felicidad no es la inconsciencia durmiente.

Es el momento en que percibo que estoy cómoda y tranquila.

Es un instante de plenitud y de pérdida, e implica estar lejos.

Pienso que Heráclito se despertó a mitad de la noche, como yo, y fue consciente del relámpago y del río.

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Ernesto Juárez Rechy Aguilar nació en Coatepec, Veracruz. Estudió la carrera de Letras Españolas, ha trabajado en el ramo editorial y actualmente estudia un posgrado en lengua, literatura y cultura. Forma parte de la compañía de danza Compañía de Vuelo.

La casa de los disturbios por Carlos Andrés Pastrán

Iba en un viaje tremendo hacia algún departamento lejos de la capital.  Los bosques a ambos costados de la carretera se hacían más estrechos y parecía alguna película tétrica o un capitulo de una serie de terror. La carretera frente a mis ojos, oscura, con una luz tenue apenas visible era somnífera. La luna era brillante y las estrellas se alejaban. Me sentía raro y angustiado. Repasaba cada decisión mal tomada de mi vida en mi cabeza, cada segundo eterno que transcurría.

Manejé un rato más sobre la autopista y en un momento perdí la noción del tiempo. Se había hecho tarde rápidamente, no había llegado a mi destino y de pronto sonó mi celular. Me había llamado un número desconocido. Fue extraño y la luz del móvil me cegó totalmente. Decidí atender pero también detuve el carro en plena calle para descansar los pies, no me pareció peligroso, pues la carretera estaba desolada. Resultó que la llamada se cortó, quizá por la mala señal de la zona en dónde estaba, pero de repente, caí. Sentí un ambiente soporífero y me dormí infinitamente en aquel limbo extraño, en aquella pasarela de sucesos extraños poco convencionales, me dormí pero a la vez me sentía en otro mundo.

Me levanté de pronto, y por una trágica y extraña razón empecé a sentir un dolor de cabeza espeluznante. Sentí ansiedad de levantarme, caminar y estirar mis piernas. Era de noche, muy tarde. Me fijé en los bosques de los costados y me dio escalofríos.

Una voz familiar endulzaba mi oído, llamándome tan cariñosamente, tan peculiar que no me pude resistir. Mis piernas comenzaron a moverse y me adentré al bosque al lado de la carretera. Caminé como una media hora entre aquellos árboles enormes y encantados. Miré los cielos y vi estrellas fugaces. Pedí deseos de  una vida mejor. Me lavé la cara en una pequeña laguna que más bien parecía pantano. Mis piernas me pesaban, mis zapatos estaban llenos de lodos y de agua. El clima era bastante frío y hasta pude ver cómo la niebla se formaba en varias montañas a los lejos de aquel bosque. Seguí caminando persiguiendo aquella voz.

En un valle encontré vacas, caballos libres y una cabaña con las luces encendidas. La casa era grande, de madera, vieja, sucia, embrujada, con telarañas, cómo la típica casa de campo de las películas de Hollywood. Se oía un disturbio dentro y decidí acercarme e investigar un poco. Tenía miedo, tenía ganas de orinar y mucho frío. Me adentré en la terraza de la cabaña en plena oscuridad sin hacer ningún ruido y dentro de ella habían muchas personas pero todas estaban de espalda, todas tenían el mismo atuendo, exactamente un saco de gala gris que había visto en  una tienda capitalina, la misma estatura y todas hablaban con su igual acento y tono de voz.

En ese momento tan extraño entré en pánico y en un intento de salir huyendo de ese lugar, tropecé, hice un ruido enorme y todas aquellas personas me voltearon a ver rápidamente. Salieron y me tomaron por los brazos y piernas. Yo simplemente cerré los ojos de aquella inminente tortura y deseé que solo fuera una pesadilla.

Abrí los ojos tiempo después y estaba sentado en el comedor principal de la casa y todas las personas estaban frente a mi, observándome como si fuera un espécimen raro. Pero en ese mismito momento entendí su preocupación, que inmediatamente se convirtió en la mía también. Todos éramos las mismas personas. Todas las personas en aquella casa tenían mi aspecto y mi rostro y mi voz y mi estatura y mi forma de ser.

Tuve la sensación de sentirme en mi propio hogar pero a la vez lejos. Me sentí triste, sin alma, sin humanidad. No sabía ni lograba precisar  rápidamente la locura que estaba pasando y de  la cual yo era el principal partícipe. Súbitamente uno por uno se me fueron acercando y me contaron su historia.

Uno de ellos me contó que tenía miedo de fracasar en la vida. Otro que no sabía si el era suficiente para hacer feliz a sus seres queridos. Otro me dijo que tenía miedo de su futuro porque no tenía idea que lo que iba a hacer con él. Otro me dijo al oído que tenía miedo al rechazo y que inventaba hazañas a sus amigos para no parecer menos que los demás. Otro me contó, mientras lloraba, que era un idiota y que todas las cosas que hacía le salían mal. Otro bien triste me pidió consejos de cómo hacer para volver a confiar en las personas. Otro me contó que en su vida hace muchas cosas pero que no sentía que esas cosas eran perfectas. Y así estuve todo el tiempo infinito dando consejos y escuchando la vida y problemas de seres extraños que por alguna coincidencia tenían mi maldito rostro.

Se escuchó un estruendo, como el de algún vidrio romperse y del segundo piso de aquella cabaña bajo un tipo sin rostro, alto, musculoso, vanidoso y extraño. De repente todos los que se parecían a mi desaparecieron corriendo a sus cuartos cuando vieron a aquel ser raro. Era como su jefe, su padre, su teniente, su mayor. Se acercó a mi y me dijo ”¿Qué haces tan pronto aquí?”. Me quedé perplejo, en shock. Aquel bosque, aquella cabaña, aquellos hombres, yo, me desvanecía, así como por arte de magia.

Luego una luz cegó mi mirada y el sol me quemaba la cara mientras estaba acostado con el asiento reclinado en mi vehículo. Me asusté, tomé agua, me fijé en mi celular, era de mañana y mi mamá me había llamado repetidas veces. Leí un mensaje donde me preguntaban si había llegado bien. No respondí y seguí mi camino.

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Carlos Pastrán, joven de 19 años, nicaragüense. Amante de lo natural, las complejidades de la vida y los conflictos filosóficos. Escritor de cuentos, artículos y opiniones en periódicos locales.

La gallinita ciega por Fernando Sequeira

Corretea la gallina porque sabe que no hay falta en procurar su vida. Cacarea para sentir su pescuezo, para oírse y amenazar a quien no puede ver. Y es que ella es ciega, siempre lo fue, nació invidente y por los granjeros fue acusada de torpe. “La ilusa” fue llamada, por tropezar con paredes, por caer en cuencos, por no encontrar su comida cuando ellos la escondían.

Corretea la gallina porque sabe que es su turno, porque conoce el sonido del cuchillo. Cacarea como un grito de auxilio, para unir a las masas, para alertar a sus hermanas, a aquellas que la vieron de lejos. Y es que será decapitada, ejecutada sin delito ni condena. “La siguiente” es su nombre, porque ya mataron a otras, porque ahora ella fue señalada, porque a los granjeros no les gusta su actitud.

 Corretea la gallina en busca de su pueblo. Corretea por el corral porque sabe que no está sola. Corretea para buscar, corretea para encontrar, para tantear y reconocer a los otros, y reconocerse en los otros. Y da vueltas y vueltas y más vueltas, y no encuentra a nadie. Llora a lágrima viva, a llanto sincero, no por su muerte sino por su abandono.

Ese día murió una gallina más en la finca, devorada por los grandes insensatos. Y fue solo una gallina más, una del diario morir, de las que siguieron desapareciendo mientras el pueblo observaba y evitaba en silencio, por miedo a ser atrapados y ser los siguientes.

Pero la frecuencia es imposible de ignorar, las desapariciones no son casualidad. Las gallinas se levantaron con palos y piedras contra los finqueros armados, tomaron para sí el corral, afilaron sus garras, reclamaron el derecho a su vida y no evitaron más la obviedad que significaba el peligro de los granjeros, aquellos que les prometieron alimento pero se las comían a escondidas.

Hasta el día de hoy, los niños pequeños conmemoran en ritual lúdico a la gallina ciega, pero ninguno recuerda su historia. Recordar la historia no es costumbre humana, luchar es propensión, pero guerrear por vivir es la base de la naturaleza más humana y animal, desmiente lo impuesto por el hombre y reafirma en las gallinas su propio ser. Es por esto que las gallinas combaten, se defienden y viven, y aunque los hombres del corral lo crean absurdo, las gallinas se saben capaces de abrir sus alas y emprender un vuelo extenso, no para huir, sino para sentir su libertad.

Alguna noche el espíritu de la gallina ciega volverá como ideología, y el corral será retomado por las gallinas que aran su tierra, que luchan las unas junto con las otras, que viven, comen y duermen dentro de sus fronteras. Alguna noche una verdadera gallina suplantará al granjero, y el corral será al fin justo para todo el gallinero.

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Fernando M. Bonilla (Fernando Sequeira), nacido en San José, Costa Rica, en 1993. Bachiller en Filología Española por la Universidad de Costa Rica. Estudiante de grado con énfasis en Literatura. Su incursión en el género narrativo es reciente, con dos publicaciones previas en la revista digital costarricense Arrebol. Actualmente labora para el Ministerio de Educación Pública y realiza revisiones filológicas independientes.

La orquídea con espinas por Diego Zárate Montero

Para Thaís Rodríguez

En un bosque agreste, de noche tormentoso e inhóspito, florecía un delicado jardín bajo el cobijo ardiente de un sol tropical.

Cuando las montañas flotantes llegaron junto a un templado sol naciente que anunciaba un nuevo mundo, la plaga de ratas amenazó su vida endémica. Muchas especies se extinguieron, otras nuevas florecieron y las que sobrevivieron tuvieron que adaptarse. Ningún botánico daría crédito a las espinas que le brotaron a la Cattleya mossiae y cuyo filo de espada libertadora contagió a muchas otras, quienes para sacudirse de la peste se armaron con aguijones propios.

Con el águila calva vino la peste del pulgón verde, y como si la historia fuera una prueba despiadada de los dioses para seleccionar a sus favoritos, fue precisamente esta flor, la más hermosa de todas, la que llevó la peor parte. Otras orquídeas se acostumbraron a la plaga y la acogieron en su seno. La Cattleya trianae enquistó su tallos y flores con unas manchas como coágulos corpusculares; la Guarianthe skinneri renunció a su exuberante colorido y como congelada de temor se quedó morada; la Rhyncholaelia digbyana en su desesperado martirio arrojó muy lejos sus keikes, cual Stanhopea wardii con sus semillas.

Pero la flor de mayo decidió mantenerse digna ante los denuestos del cruel asedio. A su lado resistían la Hedychium coronarium, cuya blancura, aún con el tallo desvaneciente, seguía siendo cultivada por el poeta para sus amigos y enemigos; y la Plumeria rubra, a quien la peste verde había llegado como una primavera de ruina y fuego.

Las raíces de esta orquídea rebelde parecieron enfriarse y sus espinas perdieron vigor como deshidratadas. Su aroma, el mas dulce y seductor del jardín, entristeció como la risa de un niño hambriento, y la lluvia tórrida rebajó sus colores como al vestido raído de una humilde campesina.

Entonces, como venida de entre los muertos, floreció a su lado una tímida Cempoalxóchitl.

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Diego José Zárate Montero. Costa Rica. 9 de abril de 1990. Licenciado en economía por la Universidad Nacional de Costa Rica.  Estudiante del tercer semestre de la maestría en economía del Posgrado en Economía de la UNAM, en la sede el Instituto de Investigaciones Económicas, en el campo de conocimiento de economía política.

Estrella del rock por Tomás Sánchez Hidalgo

Estrella del rock

Una entrevista a una estrella del rock, paradigma mediático. Expresión facial traviesa y tímida de quien, con el aspecto del tipo divertido que más bien desconfía del extraño, de lo demás, del ager publicus, vivía parapetado en su mundo personal de referentes y relaciones, clichés propios. Acudió a la cita televisiva en pijama, un extracto de lo que escuché:

— ¿De qué vas disfrazado hoy?

— Voy disfrazado de mí mismo —llevaba un revólver, al lado del micrófono. Apuntaba de hecho hacia éste.

— ¿Un hobby?

— Logomaquia —además, estaba descalzo.

— ¿Otro hobby?

— Puterío selecto.

— ¿Un color?

— Cian.

— ¿Una comida?

— Sushi.

— ¿Una bebida?

— Absenta.

— ¿Un número?

— El final.

— ¿Un taco?

— Hostia.

— ¿Practicas algún deporte?

— Yo soy más de coger.

— ¿Un objetivo a corto plazo?

— Salir de aquí.

— ¿Un paraíso perdido?

—  Verano del 88, en algún lugar de Irlanda, irrepetible, con dieciséis años recién cumplidos: pecado cúbico.

— ¿Algo que detestes?

— Alabama, los palíndromos… Eso  es, sí, sin dudarlo… Los palíndromos…  Alabama y los palíndromos… Además, también detesto la cárcel catódica…   Bueno, y los casinos, las monarquías y los actos de fe.

— ¿Algo que temas?

— Temo al ostracismo a plazos. Temo poder llegar a ningunear en algún momento de mi vida mis propios objetivos vitales, mis principios. Temo llegar a esperar tiempos pasados, sudando años. Temo al embrutecimiento exponencial de la masa. Temo al petardo del fin del mundo.

— ¿Una palabra que te ponga nervioso?

— Matiz.

— ¿Te consideras un revolucionario?

— No, para nada, no soy revolucionario.

— ¿De veras? En ti suena raro.

— No, no lo soy, y es cosa lógica: en una revolución, las mujeres están todo el día cansadas, y además no hay buenos restaurantes.

— ¿Unas palabras para tus fans?

— Cadalso para todos.

— ¿Cuál es tu sueño inconfesado?

— Hacerlo, esposado, frente a un televisor en blanco y negro en el que pasan películas a cámara lenta, con imágenes muy cortantes. Hacerlo esposado, sí. También conocer a Bob Dylan.

— ¿No lo has conocido personalmente?

— No, personalmente no, lo cual resulta, cuanto menos, digamos que curioso.

·         — ¿Te gustaría conocerlo?

— Sí.

— ¿De qué hablaríais si os presentaran?

— Ah, pues, ni idea. ¿De muebles, quizás?

Silencio. Ahora de nuevo otra llamada, por el local en venta, que tampoco cogí.

— ¿Cuáles han sido tus principales influencias?

— Estoy hecho de muchas personas.

— ¿Un sinónimo de tu obra?

— Amalgama, o campo ecléctico.

— ¿Un poeta?

— Kavafis.

— ¿Un lema vital?

— Best is just to come.

— ¿Una marca de ropa?

— Paul Smith.

— ¿Qué fue de tu carrera taurina?

— Me sobraba valor, pero me faltaba talento… Yo no me quitaba de delante del toro, pero me quitaba el toro mismo.

— ¿Hay algo más transgresor que tu música?

— La Bauhaus.

— La vida te ha enseñado que…

— La letra, con teta entra.

— ¿Cuánto aspiras a ganar?

— Lo suficiente para gastármelo todo.

— ¿Te has sentido alguna vez un traidor?

— Enseguida se hace de noche.

— ¿Qué piensas de la copla?, hoy muchos intelectuales la reivindican.

— Pues que la reivindiquen, a mí me la suda.

— ¿Cuál es el último libro que has leído?

— Pues, ahora que lo preguntas… Precisamente éste, el que nos otorga efímera y circunstancial existencia a ambos.

— ¿Capital de Malí?

— Bamako.

— ¿Sabes pilotar un desierto?

— Puedo intentarlo.

— ¿Un psicotrópico?

— Pastillas para la fe.

— ¿Qué vas a hacer con tus Grammys?

— No lo sé.

— ¿Qué queda hoy del punk?

·         — Del punk no quedará nada.

Silencio.

— ¿Quién es tu ídolo?

— Aspiro a ser mi propio ídolo.

— ¿Quién es tu ídolo?

— Aspiro a ser mi propio ídolo.

— ¿Quién es tu ídolo?

— Aspiro a ser mi propio ídolo.

 

 

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TS Hidalgo (45) holds a BBA (Universidad Autónoma de Madrid), a MBA (IE Business School), a MA in Creative Writing (Hotel Kafka) and a Certificate in Management and the Arts (New York University). His works have been published in magazines in the USA, Canada, Mexico, Argentina, Chile, Venezuela, Germany, UK, Spain, Ireland, Portugal, Romania, Nigeria, South Africa, Zambia, Zimbabwe, Botswana, India, Singapore and Australia, and he has been the winner of prizes like the Criaturas feroces (Editorial Destino) in short story and a finalist at Festival Eñe in the novel category. He has currently developed his career in finance and stock-market.