Instrucciones para matar a una rata por Fernando Sequeira

-¡Ya no sea cobarde y cuidado se me pone a llorar! ¡Y Dios guarde titubea! Ya usted está grandecito, pórtese como un hombre.

Los ojos del niño se humedecieron y la boca de su estómago tembló como si un viento fuerte huracaneara en él. No hay peor miedo para alguien que el miedo a lo que no puede enfrentar por culpa de la moral, de la religión y de la herencia de la sangre.

-¿Ya tiene listo todo? ¿Y diay? ¿En qué lo tengo? A ver, primero lo primero, saque el veneno. ¿Cómo que cuál? ¡Ese de ahí! No empiece a jugar de idiota, ¿acaso no lee la etiqueta? ¡Agarre eso bien y cuidado se le riega, vea que esa carajada es cara! ¡Si llora lo arreo a fajazos, para que llore por algo!

Pero él llora, llora como todo hombre, como cualquier ser humano. Llora de rabia y de miedo, por ser él y por su padre. Llora porque la repetición de la palabra lo hace sentirse inútil; porque no es perfecto, aunque nadie pueda serlo.

-Déjese de mariconadas, que yo no crie a una chiquita. Póngase recto, va a asesinar, hágalo seguro.

Ese día, frente al cuerpo grande de su padre, el niño recibiría instrucciones para aprender a matar una rata. Sería la primera vez que quitara una vida, y probablemente solo una de muchas. Después de todo es solo un niño, moldeable y manipulable.

Al saber que mataría sintió como si los tejidos de su rostro se voltearan y no pudo evitar abrir grandes los ojos. Palideció. El niño ya no quería seguir, no quería ser parte de eso. ¿Por qué no estaba más bien jugando? Si tan solo fuera fácil huir de su padre. Pero era su padre. Su palabra era santa orden, su voluntad era la voluntad de todos los miembros de la casa.

La espera era larga. Al niño le dolían las piernas porque su padre no lo dejaba acomodarse en otra posición: si se movía, la espantaría. ¡Pero si ni siquiera está cerca! ¿Por qué debía presenciar la muerte? ¿Por qué verificar con la mirada lo que era mejor evitar? Es mejor vivir suponiendo, enterrar en santo funeral el cadáver cuando aparezca, pero no mirar a la rata agonizar. Es un peso menos en la conciencia.

-¡Ahí está! Quédese quieto porque si no la asusta. ¡Ya! ¡Ya! ¡Se lo está comiendo! Ya va a ver cómo estira la pata. Primero va a respirar más rápido y a caminar desorientada. En un rato le empieza a sangrar el hocico y después va a vomitar sangre. ¡Ve! Ya se atontó la bichilla. ¿Que si le duele? ¡Qué va! Es una rata, las ratas no sienten. Ella solo se va quedando dormida. Y si sintiera qué importa. ¿Quién la tiene naciendo rata?

Pasó como profetizó su padre. Con cada respiración de la rata el niño sentía la cuchillada cada vez más profunda en su alma. ¿Por haber matado ya no irá al cielo? Es su culpa, por hacer caso. En los programas que ve en la tele los niños se oponen y hacen lo justo, pero él tiene miedo de que su papá le pegue. El niño no quiere matar, él quiere hacer lo que cree correcto, pero el pánico es tanto que se toma su tiempo para prepararle a la rata su última cena y mirar traidor su agonía.

La rata, con el hocico lleno de sangre, cayó y su respiración atenuó hasta que el vello de su abdomen dejó de moverse. En ese momento se cumplió el inicio de la pena del niño, y tan solo el preludio del momento que marcaría el resto de su vida.

-Eso era todo, carajo. ¡Lo hizo bien! Así me gusta. ¿Ve? Yo sabía que había criado un buen carajillo.

Y así fue, por unos momentos el padre estuvo orgulloso de su hijo, pero una rata más, una cría minúscula de ojos grandes se asomó desde el agujero y caminó dudosa hasta el cuerpo de su madre. Lo olfateó, dio vueltas y lo empujó con su hocico, pero la rata grande ya no respondía.

-Ah, no jodás, ¿hay más? Ah, pero si esa es una ratilla, ha de tener como dos o tres semanas… ¿Cómo que qué? Di, mátela. ¿Que por qué? ¡Porque es una rata! ¿Necesita más motivo?… ¿Y a mí qué putas me importa que sea bebé?

Envenenar era una cosa, pero usar el propio cuerpo para cegar la vida de un infante era otra cosa. El niño era ya un asesino, su primer crimen aún borboteaba sangre caliente, y se veía obligado a cometer un pecado aún más grande sin haber superado el trauma del primero. Como todo buen primerizo, no sabía qué hacer.

-Di, no sé, májela… ¿Cómo que pobrecita? Ay, no se me ponga en esas. Tome, tome esta pala y péguele… ¡Que le pegue! ¡O le arrea usted o los arreo yo a los dos! ¡Es una hijueputa rata! Si la deja viva va a crecer y va a ser otra plaga. ¡Dele!

Golpe.

-Uuuy, carajo. No la mató. Qué mierda, le deformó el cráneo pero no se murió. Dele otra vez. Dele.

Golpe. Llora como un hombre.

Golpe. Llora con rabia, odia a su padre, odia no ser esa rata.

Golpe. Se aferra con fuerza a la pala. Acomoda su cuerpo para voltearse y cambiar su objetivo en cualquier momento, destrozar el cráneo de su padre, que su madre corra a él con sus brazos abiertos y vivan felices para siempre.

-No dude, siga dándole hasta que se muera.

Golpe. Es capaz. La orfandad no es tan mala si se compara con esto. Está decidido, y a pesar de ser un niño tiene las fuerzas suficientes para matarlo. ¿O no? De por sí ya sabe matar, su padre le enseñó. Matará. Con todo el pánico que puede tener matará a su padre. Tiembla de rabia, dispuesto a matar a la mayor rata de su vida. Y no le importa qué pase luego, le importa el ahora. Golpe.

-¡Puta! Le sacó los ojos. Y todavía respira. Deje, deme esa vara a mí, va a ver cómo se mata una rata a palazos.

-¡No!

Golpe. Del padre al hijo. Lo abofeteó por cuestionarlo y por débil. Su padre le arrebató su pala y su impulso en un instante. Ya en el suelo, llorando y desesperanzado, el niño perdió la única iniciativa segura de su vida, y el padre terminó de matar a la rata, como si matara a cualquier niño.

-¿Ve? Ya está. Nada costaba matar un par de ratillas. Eso es básico para que vaya construyendo su masculinidad y deje de andar con mariconadas. Ya está grandecito, usted ya es un hombrecito, así que tiene que empezar a comportarse como tal. Ya en su momento usted le va a enseñar a sus chiquillos cómo matar a una rata.

Y entonces se fue, dejó al niño solo como fue común toda su infancia, solo con un cadáver y restos de sesos, piel y sangre de otro. Ese día, frente a los cadáveres pequeños de sus víctimas, el niño aprendió la mayor lección de su vida, y lo que en este mundo llaman “ser un hombre”.

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Fernando Sequeira (San José, Costa Rica, 1993), seudónimo de Fernando Montero, estudiante de posgrado en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Costa Rica. Actualmente habita en Ecuador y labora de manera independiente realizando revisiones filológicas. Ha cursado talleres de dramaturgia en el Taller Nacional de Teatro, Teor/ética y el Teatro Giratablas, pero su producción gira alrededor de la narrativa breve. Asimismo, ha publicado cuentos en revistas digitales de Costa Rica y Nicaragua.

La gallinita ciega por Fernando Sequeira

Corretea la gallina porque sabe que no hay falta en procurar su vida. Cacarea para sentir su pescuezo, para oírse y amenazar a quien no puede ver. Y es que ella es ciega, siempre lo fue, nació invidente y por los granjeros fue acusada de torpe. “La ilusa” fue llamada, por tropezar con paredes, por caer en cuencos, por no encontrar su comida cuando ellos la escondían.

Corretea la gallina porque sabe que es su turno, porque conoce el sonido del cuchillo. Cacarea como un grito de auxilio, para unir a las masas, para alertar a sus hermanas, a aquellas que la vieron de lejos. Y es que será decapitada, ejecutada sin delito ni condena. “La siguiente” es su nombre, porque ya mataron a otras, porque ahora ella fue señalada, porque a los granjeros no les gusta su actitud.

 Corretea la gallina en busca de su pueblo. Corretea por el corral porque sabe que no está sola. Corretea para buscar, corretea para encontrar, para tantear y reconocer a los otros, y reconocerse en los otros. Y da vueltas y vueltas y más vueltas, y no encuentra a nadie. Llora a lágrima viva, a llanto sincero, no por su muerte sino por su abandono.

Ese día murió una gallina más en la finca, devorada por los grandes insensatos. Y fue solo una gallina más, una del diario morir, de las que siguieron desapareciendo mientras el pueblo observaba y evitaba en silencio, por miedo a ser atrapados y ser los siguientes.

Pero la frecuencia es imposible de ignorar, las desapariciones no son casualidad. Las gallinas se levantaron con palos y piedras contra los finqueros armados, tomaron para sí el corral, afilaron sus garras, reclamaron el derecho a su vida y no evitaron más la obviedad que significaba el peligro de los granjeros, aquellos que les prometieron alimento pero se las comían a escondidas.

Hasta el día de hoy, los niños pequeños conmemoran en ritual lúdico a la gallina ciega, pero ninguno recuerda su historia. Recordar la historia no es costumbre humana, luchar es propensión, pero guerrear por vivir es la base de la naturaleza más humana y animal, desmiente lo impuesto por el hombre y reafirma en las gallinas su propio ser. Es por esto que las gallinas combaten, se defienden y viven, y aunque los hombres del corral lo crean absurdo, las gallinas se saben capaces de abrir sus alas y emprender un vuelo extenso, no para huir, sino para sentir su libertad.

Alguna noche el espíritu de la gallina ciega volverá como ideología, y el corral será retomado por las gallinas que aran su tierra, que luchan las unas junto con las otras, que viven, comen y duermen dentro de sus fronteras. Alguna noche una verdadera gallina suplantará al granjero, y el corral será al fin justo para todo el gallinero.

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Fernando M. Bonilla (Fernando Sequeira), nacido en San José, Costa Rica, en 1993. Bachiller en Filología Española por la Universidad de Costa Rica. Estudiante de grado con énfasis en Literatura. Su incursión en el género narrativo es reciente, con dos publicaciones previas en la revista digital costarricense Arrebol. Actualmente labora para el Ministerio de Educación Pública y realiza revisiones filológicas independientes.