Una rebanada de noche por Ernesto Juárez Rechy

Hay una rebanada de noche afuera de mi ventana, una grande de chocolate oscuro.

Cuando llegué a este cuarto, donde me he sentido como una condenada, la ventana fue la única que logró que le contestara el saludo.

El viento hacía un murmullo suave y húmedo al pasar entre las hojas y ahí mismo aparecían los rayos vespertinos.

Sentí reparo de acostarme en la cama, porque no sabía si estaba limpia, pero como quien ha huido y ya no puede más, me desvanecí sobre las sábanas.

Nunca había vivido fuera de casa a pesar de que tengo más de treinta.

Ahora me quedo con una familia completamente desconocida.

La gente puede verse amable, pero esto es insuficiente cuando acabas de conocerlos, más cuando tú misma estás hecha un desorden.

Cualquier gesto es amenazante para quien no ha convivido con estas personas y no tiene la experiencia necesaria para descifrarlos.

Allá, en mi país, mi recámara quedaba junto a la lámpara de la calle, por lo que era difícil que la penumbra fuera completa.

Aquí, cuando apagué el interruptor para irme a dormir por primera vez, me asusté por lo que percibí como una total ausencia de luz, como la pérdida de todo sentido y de toda orientación, no sabía siquiera si seguía teniendo cuerpo o si me había vuelto yo misma una tristeza vacía y extensa como un abismo.

La siguiente noche entre sueños escuché que alguien giraba la manija de la puerta intentando irrumpir en el cuarto, cada vez con más fuerza, y yo no podía moverme ni evitarlo.

La penumbra era un peso muerto que cerraba mis párpados como las profundidades marinas.

En medio de sobresaltos y sudores fríos logré despertar.

¿Había alguien intentado entrar o sólo era yo?

La falta de cortinas fue acostumbrándome a abrir los ojos con el sol o, más aún, a sentir el amanecer en la piel.

Al final del día, el cansancio del estrés y del trabajo me obligaban a rendirme y a paulatinamente hallar grata la sensación de ser arropada por la oscuridad.

Las horas nocturnas pasaban sin sentirlas.

Sin embargo, ahora despierto tres o cuatro horas antes de que suene la alarma.

Pero no es molesto, es como si estuviera sentada frente a un pedazo de un buen pastel de chocolate, al que podría devorar, pero me detengo.

Quisiera tragarme uno completo para poder sentirme satisfecha y despegarme de lo que me gusta tanto.

Como no es posible, trato de saborear la noche, de disolverla en mi saliva, le rasco la espalda y con los dientes me limpio la uña, me acerco al plato para olerla y trato de retener el aroma, como si con cada paladeo pudiera extender el tiempo.

La noche ha sido el primer lugar donde me he sentido segura aquí

Lo que no implica que ahora en mi vida cotidiana me sienta cómoda o tranquila.

Tal vez porque ahí es donde más apartada estoy de esta ciudad y de todo lo que implica…

Compromisos, extrañamiento, una sensación de estar siempre tras un cristal, una convivencia que todavía no sé digerir, miradas que no sé leer, la imposición de una presencia que me rechaza…

…ser demasiado lenta para este ritmo de vida…

Me siento cansada como nunca antes.

Las líneas paralelas entre el sueño y la vigilia se han unido oscuramente.

Antes podía sentir mi fatiga y prevenirme contra ella.

Ahora mi cuerpo se desbarata sin avisarme.

Me duermo sin darme cuenta y cuando menos lo espero.

A medianoche no hay sensación de extrañeza porque estoy sola.

Me levanto y no enciendo el interruptor, la iluminación es estruendosa, todas las demás luces sabrían dónde me oculto y vendrían a buscarme a esta apagada colina.

En la mañana las prisas le clavan las espuelas a mi corazón.

La noche me calma y me dice que todavía falta para lo que sea que haya que hacer, que estoy a salvo en su territorio.

Debe sin embargo ser una noche despejada, sin nubes que me oculten su brillo, como las gotas relucientes que escurren cuando alguien comienza a llorar o los genitales a lubricarse.

La noche en la ventana sería lo que más extrañaría de este cuarto, tan inconveniente porque estoy distante de la universidad, de los horarios, de las fechas de entrega.

Desde que llegué a esta ciudad todo lo que pasa lo veo como fuera de mí.

No estoy ni muerta ni viva, las cosas suceden y yo no sé qué está pasando.

Lo mejor de este viaje ha sido la hora de dormir, pues ha sido donde más conciencia he tenido.

Para mí el instante de la felicidad no es la inconsciencia durmiente.

Es el momento en que percibo que estoy cómoda y tranquila.

Es un instante de plenitud y de pérdida, e implica estar lejos.

Pienso que Heráclito se despertó a mitad de la noche, como yo, y fue consciente del relámpago y del río.

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Ernesto Juárez Rechy Aguilar nació en Coatepec, Veracruz. Estudió la carrera de Letras Españolas, ha trabajado en el ramo editorial y actualmente estudia un posgrado en lengua, literatura y cultura. Forma parte de la compañía de danza Compañía de Vuelo.