4 poemas por Jerry Alonso

Quizás lo bello de vos fue que no me quisieras

Quizás lo bello de vos fue que no me quisieras
Y aun así, te quedaras velándome los labios, las entrañas y los
muertos.
Que mi carne te fuera inútil en la tarde
Pero pusieras la mesa: una vela roja a la mitad, a la mitad de la noche, con la mitad de todos los deseos.

Quizá lo bello de vos fue que no me quisieras,
pero insistieras siete veces siete en abrirme la puerta. Las siete
veces siete que toque.

Y te gustara dejarme en agonía el cuerpo
Y que pareciera de escarcha el sol en una gota de agua
Y convirtieras las piedras en mariposas y en palabras
Y me las echaras encima
E inventaras una excusa para no movernos del fuego

Y que en la oscuridad soplaras tus dedos,
y crecieras una tormenta, afuera en la montaña
Y cerraras las puertas de madera
y los ojos
Y rezaras no cortarte los dedos
Y tatuaras en espejos rotos no quererme nunca.
Y entonces,
me hicieras el amor, mientras afuera caía una tormenta.

Quizás lo bello de vos fue que no me quisieras y te aparecieras
con un vestido verde olivo pegado al cuerpo,
mientras afuera caía una tormenta. Y compraras cerveza para los
malditos y nadaras en el estanque, en donde los peces nos mordían
los lunares y nos enseñaban los dientes,
y los versos flotaran con las ramas secas sobre el estanque.

Quizás lo bello de vos fue que no me quisieras nunca,
y te volvieras opera mientras escribo
Lo bello de vos fue que no me quisieras nunca,
nunca,
nunca,
nunca.

Adagio en Sol Menor

Tiempo: 0:00

Tu cuerpo.
El mío.
Mueren.

Cuanto diera por desvanecer
de sus entrañas tanto moribundo.

Volvernos neblina.
Salir.
Sin que me veas
           /juntarnos
Tu cuerpo.
El mío.
La nada.

Yo en esta isla.
Y vos, vos al otro lado.
Envejeciendo.

Sin que pueda hacer nada.
Entonces corro.
Corro con mi perra Luna, que a veces vuela
Y me ha enseñado a volar.
Entonces vuelo.

Quisiera planear.
Sin morir.
Quisiera planear.

Tiempo: 0:32

Entonces me arranco los dedos.
De uno en uno.
Y desaparezco.
Pero sigo sin vos.
Entonces me ahorco.
Sin dedos y con el cuello roto
te busco en el suelo,
y no te encuentro,
y la muerte me resulta inútil
inservible,
abominable,
y absurda.

¿Y qué me queda entonces?
La nada.

¿Qué ruego?
¿Qué plegaria?
Nadie muere dos veces.
Ni vive el infinito.

Tu cuerpo.
El mío.
La vida muerte.

No me dejen salir
del segundo 0:32
en adelante.

Tu cuerpo.
El mío.
Tu cuerpo.

Tu carne envenenada.
Sin mi cuerpo.
El aliento suspendido
y maldito.

Tiempo: 4:09

La hora séptima.
De mis quejidos.
Me veo morir.
En el suelo.
Sin vos.
Ahora
para
siempre.

Me entregó a vos Buenos Aires

Me entrego a vos Buenos Aires
como quien se entrega a una amante:
Con el cuerpo
y dos velas encendidas
Con el corazón en un barquito de papel,
Con el goce de las palabras
Con estas mesas de candelas y vino.

​Con esta música de cantina
Con los amores
Con las causas perdidas:
me entrego a vos Buenos Aires.

Con estas risas con alas.
Con la furtividad de los vampiros,
me entrego a vos

Me sienta bien
pedir una copa más Buenos Aires
entre estos boleros
Me sienta bien
hacer recuento de mis males,
en el mismo rincón oscuro
donde me besaban
y hacía el amor

Entre los humores de estas calles
me he acostumbrado a hablarte de “vos” Buenos Aires
“Yo no sé qué me han hecho tus ojos”.

Entonces ¿Era un jueguito de marinero?

 Ayer te dije que no creía en el destino. Esas cosas que se atraviesan en la boca, y ya, estando ahí, salen volando, y echan a perder las flores, el jardín, y al jardinero.

El viento, como hacia quince años nos daba frío, a vos en el corredor mientras jugabas, y a mí, llegando del colegio como a esta hora.

Ayer crucé mis piernas en el Morazán, las cruce y deseé un cigarro mientras te esperaba. Leí en mi teléfono viejos registros del Rio Misisipi, mientras te imaginaba de trecientas formas distintas.

Pensé: ¿qué pasaría si no llegas? ¿Para dónde me iría? Entonces empezó a llover y me sentí mejor. La gente echó a correr, y claro fue preguntarme ¿Por qué putas corren? Tampoco era tan copiosa la lluvia, apenas llegó a mojarme los labios, unos minutos de azúcar antes, de que lo hicieras vos.

El Morazán, cerca de las cinco de esa tarde, mientras te imaginaba de trescientas formas posibles, se convertía en un portal con puños de roció sobre la hierba.

Un café amargo, un pudin de maicena, y un concierto con la macorina de fondo seguro no era el itinerario que soñaste. Los osos perezosos por la caída de la tarde no estaban. Sin embargo, levantaste los pies sobre la silla, por el dinosaurio negro y peludo, que cruzo aquel piso de madera y que te hizo sospechar, seguro del lugar.

Los ebrios tenían bolsitas de suero colgando en los autobuses. También “tubos improvisados” me dijiste.

Decenas de flechas como a Apolo me fueron clavadas mientras “claroscuro” tocaba. ¿Por qué tan serio? Me preguntaste. Y yo ¿que podía decir? El corazón se me inflaba y ya, para entonces, no estaba ahí, me llevaba donde se juntan todos los corazones que flotan. Pensé por un momento petrificarte, ya sabes, como a Dafne, pero qué sentido tiene venerar un laurel, por más hermoso que sea.

Hoy me voy al sur. No podre subir las gradas de piedra, tampoco ver el reloj de sol cuando haces yoga. Mon Laferte me sabe a vos, ahora solo a vos.

Me encantaba como esas dos palabras explotaban en su boca como juegos artificiales.

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Jerry Alonso es sociólogo y Magister en Derechos Humanos, nacido en Costa Rica, vive en la zona sur – sur del país, ha publicado en la Revista Literaria Centroamericana. Tiene dos libros “En la gaveta de los pijamas voy a guardar tus ojos” y “Haykus del Sur” aún sin publicar. De su primera obra que extraen estos registros. Una muestra de su obra puede ser vista en esta dirección: https://sociologiavisual.wixsite.com/poesiamaldita

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