3 poemas por Roberto Cambronero

El ascenso

Estoy en un hotel donde los pájaros entran por el cielorraso,
cuando suenan las máquinas de hielo y las ristras de cascabeles y los guijarros
me doy cuenta que aquí es el borde del fin del mundo,

que es hora de escaparse porque los demás pasajeros están dormidos
y camino con pasos de ensueño sobre los techos, las caballos negros que andan como
      faunos entre las nimbos, entre los soles luminosos que caben    en el meñique,
      las estelas de gasolina atómicas y subo más    allá de los relojes de cuerda,
      las cucharas, los precios y de    mí mismo, hasta que Cambronero sea solo una palabra,

hasta ser como un ángel o un pez gratuito y me sienta tan libre
como quien orina entre limoneros.

El olvido

De las pocas veces que me he emborrachado en mi vida,
esta fue cerca de un campo de minigolf y me tropecé con una piedra de aire,
como era una noche primitiva nadie vio como me caí
pero si escuché la risa de los fantasmas de la atmósfera, sonaba como se piensa
en el hambre y en el olvido, o en animales extintos.

Las piedras de minigolf o las del aire se me aparecen como marejadas
en esquinas de fiestas a las que no me atrevo a ir,
en notas de mi agenda que no voy a
     recordar,

también en el microondas cuando voy a cenar solo y el aire es de tafetán mustio, en esos momento en que no me tropiezan pero me recuerdan que no soy antiguo y útil como el tenedor o la mosca, que es decir lo mismo.

Égloga del parque

Usemos para él un nombre de égloga, era Nemeroso o Pilas o Lucrecio y nos conocimos en un bosque umbroso, aunque en realidad fue en un parque frente a una cancha, no me acuerdo de que deporte pero sí que acaban de sembrar árboles que le sentaran mejor a la fauna local que vive entre torres de apartamentos y pizzerías.

Como era de égloga no pudo-no-seguir esa tradición centenaria de ser ingrato y cuando se fue, dejó bancos vacíos, mudo al aire, a las ardillas.

Entonces quise olvidarlo con X, que tenía una relación abierta y eso me lo advirtió desde el principio. Nos estrujábamos de entusiasmo cuando nos encontrábamos en esos jardines amurallados que en realidad era un campus universitario. Nos estrujábamos así, como esponjas, como fieltro.

Y yo solo a veces tenía un instinto oscuro y le pasaba las uñas en el pecho para desconcharle al otro. Pero X lo tenía bien empotrado y me decía en susurros, pero firme, que no, que no.

Claro que yo paraba y con el tiempo nos dejamos de ver, como se detiene la lluvia o se entra al sueño. Y quedé solo con todo el fuego que se derrama del Sol.

Roberto Cambronero Gómez nace en 1995 en San José, Costa Rica. Cursa la carrera de Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de Costa Rica. Ha colaborado en las revistas Almiar, Letralia, Espora, Marabunta, Kaleido y Bistró. Ganó el premio Una Palabra 2015 en la rama de teatro con El insólito rapto de Doña Inés. Escribe una columna de opinión en la Revista Vice-Versa (Nueva York).

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