El contemplador por Iván Medina Castro

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Photo by Jury S. Judge

A Pamela Martínez Olvera

Lo que se hace por amor

se hace siempre más allá

del bien y del mal.

Friedrich Nietzsche

Después de unos años me atreví a regresar al jardincillo donde era su cuartel, su casa, su universo. Pero no estuvo allí. Lo hice así cada mañana de la siguiente semana, al igual que los posteriores siete días y nada; empero en ese último intento, me aproximé como nunca antes a la banca en donde lo observé por última vez para holgar un rato. No obstante, en el fondo, deseaba tener la oportunidad de sentirme pleno, de ser él. Ya ahí, miré alrededor. Todo era suciedad, la base de la banca parecía estar cimentada sobre torrentes de basura y se respiraba un hedor acumulado, magro y picante, como el percibido en el verano en la terminal Berri-UQAM a la hora pico, mezcla entre sudor de sobaco y perfum, aliento fétido y pasta dental, a pesticida. Me dio náuseas, pero sobre toda esa porquería, el vidrio de la ventana del único emplazamiento a través de donde él imaginaba contemplar la pintura anhelada con una serenidad inviolable, cual esfinge milenaria sintiendo en sus desgastados tabiques el paso de la vida, había sido cubierto con propaganda de una compañía telefónica. La cosa más kitsch; un perro faldero vestido con una playera del equipo menor de la liga de hockey, que mordisqueaba un teléfono móvil de color amarillo canario simulando una conversación. ¡Vaya mierda!

¿Qué habrá sido de Pitú? Quizá vino la muerte sin despertar sospecha alguna, o tal vez, abrumado por la desgracia, la locura de su descabellado amor lo envolvió con lentitud abriéndose paso por la piel, los huesos, el corazón hasta extraviarlo por completo. Ignoro qué haya sido de él, pero he de constatar que gracias a Pitú comprendí la existencia del amor por más extraño que éste simule ser.

Apoderado por una densa oscuridad que adherida a las paredes del cerebro hacía improductiva mi creatividad pictórica, llené el atelier de mediocres bocetos y acuarelas que de sólo verlas de reojo sentía pena de mí mismo. Por tanto, obsesionado erré por los más distantes barrios de la ciudad frecuentando cafés, casas de citas e incluso sinagogas con la finalidad de generar una explosión creativa capaz de despejar la niebla. Así vagué hasta que un soleado domingo di con quien la disipó. Pitú, migrante de piel morisca y suave fisonomía cual ser andrógino, que cambió mi destino al representar involuntariamente el motivo de mi cuadro titulado El contemplador. El hallazgo fue circunstancial, pues exhausto de andar por las calles del Quartier Latin, decidí descansar en un jardincillo situado de frente al Musée des Beaux-Arts, tan cómodo y agradable como parecía serlo, desierto de homeless pidiendo monedas por el simple hecho de hacer sonar un pandero. Al buscar un espacio adonde sentarme, me encontré con una persona desgarbada que no dejaba de mirar dirección a la ventana del museo. Me intrigó su entrega y hundido porte, así que decidí examinarlo por largo tiempo y desde diferentes ángulos. Era una escena increíble, su posición nunca varió, siempre reclinado, con la cabeza ladeada, en una postura ensimismada capaz de transmitir congoja. Regresé al día siguiente y allí estaba él, posaba idénticamente que al mediodía anterior como si representara el papel de una escultura humana. Intrigado en saber lo que inquirían aquellos avivados ojos de un extraño resplandor magenta, entré al museo y me dirigí directamente a donde daba la ventana observada. ¿Cuál sería mi sorpresa? La sugerente luz que transponía el ventanal, se posaba con increíble exactitud en el retrato de la disoluta Anita Berber. Nada adquiría sentido, así que, tratando de dar coherencia a toda esta farsa, me paré de bajo de la ventana en diferentes puntos, y en todos ellos el haz posado en el cuadro avivaba el fondo de tonalidades rojizas simulando un fuego perenne, condenando los excesos en vida de aquella libertina, influencia indudable de los drag queen que salieran a mi encuentro de sus lúgubres madrigueras en mi deambular a las dos de la tarde de regreso a casa, obsequiando a los transeúntes kits con gelée lubrifiante et un condom extralubricado, o esas perversas meretrices de culo espléndido para sacudir y extremidades amplias para que el semen resbale a placer halladas en los tugurios de la rue Sainte-Catherine, hechizado por la trepidante luz grana y añil de cientos de bujías de los espectaculares que arrastran hasta su cloaca al más católico; si aún queda alguno en esta provincia -Dios quiera que no tenga una enfermedad.

Semejante ridículo debí estar haciendo que el vigilante se acercó a mí y en tono burlón dijo con una mezcla entre inglés y francés: “No será usted otro lunático enamorado de la fea esa, verdad”. Seguí sin entender. Me quedé un momento en suspenso, e inmediatamente después le pedí al tipo aquel, con apariencia de arponero polinesio del Queequeg una explicación. El tipejo, sin emitir palabra alguna, sacó de la bolsa interior de su uniforme un periódico de esos carentes de información que se reparten de manera gratuita en el metro, lo abrió hasta dar con un artículo que indicó con su mugrosa y larga uña, dio media vuelta y desapareció de allí. Fue así como la incógnita se solucionó. Resulta, según se leía en el diario, que un residente del barrio de Hochelaga-Maisonneuve, esclavizado a sus costumbres, siempre visitaba el museo desde la apertura hasta el cierre para embelesarse con un cuadro del pintor Otto Dix, y en un ataque irracional, el joven de nombre Pitú, se deshizo de sus pantalones y presentando una prominente erección al contemplar a la modelo, se empezó a jalar el incircuncidado cuero de allá para acá y patín patatán…. -¿Habrá logrado eyacular?- fue lo único que pensé al terminar de leer la nota.

La tarde siguiente regresé al jardincillo y allí estaba él, como lo estaría los demás días al ir a pintarlo, congelado, incólume ante el viento, el sol, la lluvia y el polvo. Siempre mirando al Este, hacia su hurí, como un fiel dirigiendo sus plegarias a la Meca.

El primer intento en abordar a Pitú fue en vano y en momentos aterrador, cada línea plasmada en el lienzo parecía retener el aliento que él expelía. Su presencia melancólica, sus motivos incomprensibles, su estado petrificado me inhabilitaba pero aun así continué ensayando en bocetos con la desesperación de un minero por hallar la veta. De pronto, los sutiles trazos nacían hasta que el pincel adquirió vida propia. Al final, mis horas de esfuerzo se compensaron anteponiéndome a la tragedia de Pitú, si bien capté la mirada dulce, celestial en verdad, con un dejo de tristeza, su apariencia plegada, pensativa y sobre cualquier otra cosa esa ilusión de una juventud eterna e inquebrantable entregada a sus ideales de pleno amor, la verdadera persona, la parte humana, se achicaba de una manera continua y lenta. Ser testigo de su empequeñecimiento me cortó el resuello más de una ocasión, sin embargo, persistí ante el embate, y decidí sumergirme dentro del vértigo y el frenesí de semejante reto, pues al retratarlo al óleo, no sólo creí redimirlo, sino sentí liberar a la humanidad de su tragedia saturada de frustración, desastre, futilidad, vacío y mal humor. Todos muertos o a punto de morir.

El resultado del contemplador, con el tiempo, pasó a formar parte de la colección de obras permanentes del Museo de Bellas Artes. Y será cosa de la justicia divina, de Cupido o del más puro azar, pero la pintura se colocó justamente en el muro frontal en donde el cuadro de Dix descansa, de bajo de la ventana, para que así, Pitú siga contemplando a su único amor.


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Iván Medina Castro, nació en la Ciudad de México. Es Licenciatura en Relaciones Internacionales. Fue becario del Programa de Residencias Artísticas FONCA-CONACYT, fue Convocado por el Departamento de Literatura de la Universidad de Caldas, Colombia para participar en una ponencia sobre el proceso creativo en la literatura y en marzo del año 2013, fue Convocado por The Department of World Languages and Cultures de la Universidad Northeastern de Illinois para la lectura de su libro de cuentos “En cualquier lugar fuera de este mundo” Ed. Conaculta, colección El Guardagujas. Cursó la especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX en la UAM.

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