Islandia por Dante Herrera

Photo by Danny Zawodny
Photo by Danny Zawodny

Aquella tarde, sentado en el café de la estación, la vi llegar cubierta por el lento sol del hemisferio. Entró agitada, libró su cabello de las trenzas de lana y ordenó una bebida caliente. Afuera nevaba. El vapor de las tazas adormecía la percepción de los objetos y provocaba la contemplación. Incitado por esa neblina y por el crujir de la madera, estuve a punto de resolver el enigma de un sueño antiguo y cerré los ojos, tratando de alcanzar con mi pensamiento el extremo de un  hilo que alguien parecía tirar más lejos de mí.

El frío era profundo, pero la nieve arrojaba a la vista una textura láctea que producía placer. La gente bajaba de los trenes y rápidamente buscaba refugio en el interior del establecimiento. Ella bebía. Sola en su mesa, su chaqueta roja recibía un manojo de su cabello escandinavo, que acariciaba suavemente. Puse a un lado el libro que traía conmigo, busqué en mis bolsillos una libreta y decidí escribir algo que también hubiese escrito veinte años atrás en la misma circunstancia. La miré una vez más; luego, mentalmente la sostuve en mi palma, como si posara para la mano de un artista. Escribí:

Unos días después, andando por la calle, se acercó. Tímidamente me preguntó por una dirección. Yo respondí que podía acompañarla pues iba al mismo lugar. Hablamos un poco; su voz era trémula, sus ojos, inciertos. Mi edad me sugirió que le agradaba. Entonces, luego de unos minutos,  arriesgué un movimiento que jamás había ejecutado con una mujer desconocida. Caminando juntos tomé su mano. Ella no se resistió, y en una fracción de segundo, se abrió un paisaje ante mis ojos: su cuerpo fragante, noches de ternura, promesas al pie de una ventana, flores intensas y flores frías.

Pasó poco tiempo desde aquella tarde en el café, cuando, asfixiado por el insomnio y la ansiedad, salí una mañana a comprar cigarrillos. Me dirigí por primera vez a una tienda a dos cuadras de mi casa, la cual había desdeñado siempre por su color estridente y ventanas escarlata. Aún entumecido por el frío polar me acerqué a caja para pagar por mis compras y ella me atendió. La reconocí sin dificultad. Desde una habitación menor una voz gruesa la llamó por su nombre, Liska, y respondió cariñosamente. Supe entonces cómo se llamaba y también que su corazón no era un astro inhabitado.

Un poco decepcionado me senté a contemplar la nieve detrás de mi ventana. Un niño caminaba solo por la calle golpeando con un palo los postes de luz. Recordé las anotaciones de mi libreta la tarde en que descubrí a Liska en la estación del tren. Leí la primera oración: “Unos días después, andando por la calle, se acercó”. Proseguí con el resto y al terminar, pensé en lo terrible de persistir, a mis casi cincuenta años, en las fantasías de la juventud.

Agotado por el frío y las extensas jornadas, una noche ausculté mis ahorros y descubrí que podía darle a mi rutina un pequeño descanso. Hablé por teléfono con un viejo amigo que vivía en Viena y le propuse visitarlo. Armando accedió de inmediato pues, según me contó, su madre había muerto hace poco y estaba muy deprimido.

Una semana más tarde llegué de madrugada luego de un vuelo corrompido por un sueño violento. Sin embargo, ya instalado en el apartamento de mi amigo, me sentí optimista otra vez. Ese mismo día salimos a caminar por las plazas donde, años atrás, siendo estudiantes, habíamos pasado horas considerando las semejanzas entre nuestros países, observando mujeres e improvisando poemas cuando alguna nos parecía excepcionalmente hermosa.

La ciudad no me era extraña, de modo que los días en que él tenía alguna obligación en la oficina, yo andaba a mi aire por las calles, entraba a los cafés, a las librerías, o asistía a algún concierto. El haber sido un solitario por tantos años me daba la dignidad de hacer aquello sin sentirme ridículo.

Una mañana en que Armando tuvo que ausentarse por dos días, desayuné tarde y salí después de las diez. Al cabo de una hora caminando por el centro una voz me preguntó por una dirección. Volteé para responder. Era Liska. Contuve mi sorpresa y asentí serenamente. Le dije que iba al mismo lugar y que podía acompañarla. Me pregunté qué haría ella en Viena, pero consideré averiguarlo más adelante.

Me miró con algo de intensidad pero también con tristeza. Su rostro parecía un paisaje nocturno en busca de luz. Inicié una conversación trivial mientras pensaba que aquellas líneas que había escrito en el café semanas atrás empezaban a materializarse. Ella se me había acercado, era cierto, y por qué no pensar que lo había hecho porque le agradaba.

Pocos minutos después sacó una mano de su abrigo para ajustarse las gafas y noté que tenía unos cortes. Le pregunté delicadamente si no querría pasar por una farmacia. Me dijo que ya los había curado, que estaban sanando. Pero al cabo de un segundo de responderme su rostro cambió; luego, se quebró. La sostuve del brazo y la llevé a sentarse en una banca. Tras un silencio profuso en lágrimas, me contó que eran rastros de una pelea conyugal, que se había defendido tenazmente y que su cuerpo tenía otras marcas, más íntimas, más vergonzantes.

Mi corazón palpitaba con fuerza y ella trataba de sosegar su propia agitación. Noté en sus ojos ya no tristeza sino rencor, y un color indescifrable que se abría paso en sus pupilas. Temblando un poco aún, alcancé a comprender que la realidad me cercaba para consumar la ficción. Entonces, con la seguridad de quien cumple una profecía, la tomé de la mano y la conduje por un pasaje hacia una fuente. Ya sereno, acaricié su cabello, hundí mis ojos en los suyos,  y  pensé que un beso era aquello que el universo me pedía.

Lo que pasó después no puedo explicarlo, ni menos comprenderlo. El horror y la vergüenza me amordazan. Pero dejo a la vista la nota que mi amigo -atónito ante la escena- leyó de regreso en su apartamento, aquella que no pude haber escrito, pero existe:

Probé sus labios a la sombra de un manzano. Luego decidimos estar a solas y caminamos al apartamento. Anochecía. Un ave fatal cantó tres veces mientras subíamos las escaleras. Cerré la puerta detrás de mí, y sentí que una fragancia oscura se esparcía por el aire. De pronto tuve miedo, pero ya era tarde cuando quise reaccionar: Liska había hundido una daga en mi abdomen.

Caí vencido por el dolor y el absurdo. Me arrastré hasta la habitación donde había dejado mis cuadernos mientras oía unos pasos alejarse. Hallé la página correcta y leí las primeras palabras que escribí sobre ella, cuando aún desconocía su nombre. La herida apretó su puño y no me dejó continuar. Tendido en el suelo, sangrante, pensé en la muerte, y mi pensamiento logró alcanzar el extremo de un hilo que conduce a la última respuesta.


Dante Herrera es un escritor y educador radicado en el Perú. Ha publicado dos libros de poemas y actualmente se encuentra escribiendo un libro de relatos.
Dante Herrera es un escritor y educador radicado en el Perú. Ha publicado dos libros de poemas y actualmente se encuentra escribiendo un libro de relatos.

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