El Maestro Liador por Christian Ekvall

Photo by Bernardo García
Photo by Bernardo García

Malmö, Suecia, 2006

Era solamente bueno para hacer dos cosas, decía. Liar porros y jugar al pinball. Cuando liaba, incluso los fumadores con más experiencia se sentaban con la boca abierta, haciendo un círculo alrededor de él. Ellos habían liado durante veinte años y nunca habían logrado una cosa parecida. No comprendían cómo era posible. Los porros de este hombre eran demasiado bellos par ser fumados. La gente se atrevía apenas a tenerlos en la mano. Tan bien formados, tan bien sellados. Pensaban que deberían más bien ser expuestos en una galería o algo por el estilo.

La técnica de los dedos era en sí algo inaudito. Te preguntabas si él habría sido marionetista en otra vida. Si alguien fumaba chocolate en una película, a él lo contrataban como doble para las manos. Es decir que él debía liar pero se filmaban solamente sus manos. A continuación se subía a la escena para hacer creer que se trataba de las manos del actor. Pero todos los que lo conocían habrían reconocido esas manos, incluso en la película independiente más granulada. Esas manos, las habíais observado atentamente tantas veces.

Si era el cumpleaños de alguien o si alguien obtuvo un nuevo puesto de trabajo, él sacaba sus hojas de lujo. Eran hojas largas, sólidas, color castaña, aquéllas que se utilizan para los puros, pero que tenían un delicioso perfume a chocolate. Si se sentía ese olor al entrar en el apartamento, se sabía que él estaba de buen humor. Lo mismo si se veía un paquete de zumo de mango alemán sobre la mesa.

Tenía una actitud extraña frente al dinero. Podía tener cuatro meses de retraso de alquiler, recibir un cheque de cuatro cientas coronas de la Oficina de los compositores suecos, e ir directamente a comprarse una escopeta de aire comprimido que había visto en una vitrina. Podía guardar sus últimas dos cientas coronas esperando febrilmente la más fina cosecha de té que venía de la China. Cuando él decía té, la gente primero pensaba que hablaba de hierba. Pero realmente hablaba de té.

Cuando llegaba a una fiesta, siempre era muy tarde. La mayoría de los invitados ya se habían ido. Él tenía la costumbre de traer una compilación de música en la que había trabajado toda la tarde y que contenía todo desde bandas de chicas desconocidas, a Howlin’ Wolf y Hawkwind. Cuando hablaba de algo que le gustaba, lo hacía rápidamente, sus ojos brillando intensamente y era imposible detenerlo. Una vez, lo viste hablar de este modo durante mucho tiempo sin darse cuenta de que la persona a quien le hablaba se había quedado dormida.

Antes, decía, tenía la costumbre de pelearse a puñetazos. Ahora se había calmado. Sobre su frigorífico, había un artículo de un periódico de Glasgow sobre “dos ladrones de terreno de golf” que habían robado un coche de golf dañando el terreno con las ruedas, para finalmente lanzar el coche por un precipicio. Nadie tuvo la necesidad de preguntarle por qué había recortado ese artículo.

Pero todavía se excedía de vez en cuando. Podía acusar violentamente a un desconocido de mirar pornografía o, lo peor, según él, de depositar dinero en fondos. Podía lanzar los discos “detestables” por la ventana, y no siempre eran los discos de otros. Podía “tomar prestada” una palmera de dos metros después de una fiesta, sólo para ver si el anfitrión se atrevería a acusarlo de ladrón cuando viera, más tarde, la misma palmera en su casa. También podía ponerse a llorar. En medio de una fiesta.

A veces pasaban cosas extrañas, por ejemplo que viniera a una fiesta con la chaqueta cubierta de excrementos, y seriamente enfadado con algún incidente que él nunca lograba contar de manera satisfactoria.

Vosotros, a quienes os gustaba fiestear con él, todos habéis escuchado de la boca de un asistente social que érais “cómplices”. Cuando más tarde estaba sobrio, intentábais reflexionar sobre eso, tomando una Coca-Cola igual que él para no parecer insensibles. Él pensaba que eso era ridículo de vuestra parte.

Se decía que trabajaba como asistente de ancianos. Que era muy querido por los viejos. Que había una viuda en alguna parte cuyo marido había sido un coleccionista de jazz, y que ellos solían escuchar sus discos cuando él venía a ayudarla con sus medicamentos y las gotas oftálmicas para la catarata. Según el rumor, se quedaba allí cada vez hasta más tarde. Ellos escuchaban a Coltrane y él tenía cada vez menos tiempo para los otros ancianos. Al final, se decía que él ya no se molestaba de verla más que ella, y que sigió yendo mucho después de haber sido despedido.

Lo que se decía de que sólo tenía dos talentos no era del todo cierto. Según algunas fuentes, habría sido bastante buen cocinero. Según otros él habría tocado en varios grupos de rock cuyos nombres conocías y que eran famosos internacionalmente, cuando aún era joven y vivía en Norrland. Todo el mundo estaba impresionado por su cocina. Algunos decían que era buen nadador. Quizás, como por casualidad, él pertenecía a la categoría de la gente que no sabe realizar sus talentos.

Tenía grandes complejos debido a su ortografía. Por esa razón, todavía llamaba por teléfono a pesar del hecho de que todos los demás habían pasado a los mensajes de texto. Las únicas veces que escribía mensajes de texto, era cuando alguien no respondía al móvil, generalmente porque la persona dormía mientras él estaba todavía en la ciudad, a las cinco de la mañana. En esos momentos, podía escribir cosas largas e incoherentes y de repente, ya no parecía preocuparse por las faltas de ortografía o por su gramática. Pero a todo el mundo le daba igual su ortografía. La gente lo quería. En realidad, no había nadie que no lo quisiera.

Tenía dos talentos, decía. Liaba los porros más bellos de Malmö. Pero si era bueno o no en el pinball, eso nadie lo sabía

Traducido por: Oskar Sévérac

 

Malmö, Sweden, 2006

He only had two talents, he said. Rolling joints and playing pinball. Whenever he was rolling, even the most experienced smokers would form a circle around him, staring. They had been rolling for twenty years and still had never seen anything like it. How was it possible? This guy’s joints were too beautiful to smoke. People barely dared to hold them. So well-crafted, so tight. Like they ought to be exhibited.

The finger work in itself was a sight to behold. It made you wonder if maybe he could have made it as a puppeteer. If someone was going to smoke weed in a film, he was hired as a hand-double. He was to roll the joint while they shot only his hands, and then the scene would be edited in a way so that it looked like his were the hands of the character. But anyone who knew him would recognize those hands even in the most granular indie flick. They had been stared at so many times.

If it was somebody’s birthday or if someone had just landed a new job, he would take out the “special” papers. They were those long, thick and brown ones also used for cigars – but flavoured with chocolate or something equally sweet. If you could smell that scent when you entered the apartment – or if you saw a half-full mango juice Tetra Pak standing around – you knew that he would be in a good mood.

With all the poor musicians and writers and artists you’ve known, you’ve seen many strange financial decisions being made. Like when the guitarist of your band received a royalty check of four hundred kronor and went straight to the op-shop to buy himself an air-gun. Now, this guy was stranger than that. He would save his last two hundred when he learned that the finest yield of tea was coming in from China. When he said tea, of course, people thought he was talking about weed. But he was really talking about tea.

He always arrived very late to parties. Most of the guests had already gone home. He would bring a mixed CD containing everything from obscure girl groups to Howlin’ Wolf and Hawkwind. When he talked about something he enjoyed, his eyes would sparkle intensely and he could not be silenced. Once, you saw him talk like this for some twenty minutes without ever noticing that the person next to him was asleep.

In the old days, he said, he would get into trouble. Now he had calmed down. On his refrigerator was a news item from a Glasgow paper telling the story about the two “golf course raiders” who had stolen a golf cart and run amok over the course, finally pushing it over the edge of a cliff. There was no need for anyone to ask why it sat on his fridge.

There were still moments when things would get out of hand. Sometimes he would violently start accusing a stranger of being obsessed with porn, or worse, holding an endowment assurance; both things, accidentally, having been said about the guy who had stolen his girlfriend. Sometimes he would start throwing “hideous” records out the window; often but not always his own records. Or he would “borrow” a two-meter palm tree when leaving a party, just to see if the host would dare to confront him the day he spotted the tree at his house. He would also sometimes start crying, suddenly and openly, in the middle of a party.

Even stranger things would happen. Once he arrived to a party with his jacket covered in feces, all pissed off over some incident on his way there that he never managed to recount in a satisfactory way.

You who enjoyed partying with him were occasionally told by some social worker that you were “enablers”. Later, when he got sober, you tried to keep this in mind and ordered a coke when he did in order to not be insensitive. He thought that was silly.

They said he worked in geriatric care. That the old people were very fond of him. That there was a widow somewhere whose husband had been a jazz collector and whose records they used to play when he came to help her with the medications and the eye drops for her cataract. Rumour had it that he kept staying longer and longer with her in the afternoons. They had been sitting there listening to Coltrane and his visits to the other old men and ladies had become less frequent every day. In the end, he couldn’t be bothered to visit anyone but her, and he kept doing that long after he got fired.

That thing about rolling joints and pinball being his only talents was not entirely true.  Some said he had once, as a young man up north, played in several groups that you knew by name and one of which had later become world known. Everyone was impressed with his cooking skills. Some said he was a fantastic swimmer.  Maybe he just happened to fall into that category of people who don’t know how to realise their talents.

He had a complex about his bad spelling. So he would always call when everybody else had moved on to text messages. The only time he texted was when someone didn’t answer the phone, normally because they were sleeping while he was out blind drunk at five in the morning. Then he would write something long and incoherent and suddenly didn’t seem to care at all about his bad spelling or grammar.  Who the hell cared if he could spell or not? People liked him. You can’t remember one person who said they didn’t like him.

He only had two talents, he said. His joints were the most beautiful in town. How good he was at pinball, no one knew.


Christian Ekvall (nacido en 1978) es un traductor, escritor y músico sueco que ha crecido en una pequeña isla del mar Báltico. En el año 1999, fundó el grupo de música psicodélica Octopus Ride, todavía activo. Seis años más tarde, concluyó sus estudios de maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Lund, y luego se mudó temporalmente en la Argentina, donde comenzó a trabajar como traductor de ficción. Tradujo, entre otros, El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, obras de Djuna Barnes, Woody Allen, Lewis Carroll y la mayor parte de las novelas de Ernest Hemingway. Trabajos de su autoría fueron publicados en las prestigiosas revistas suecas Subaltern y Staden.
Christian Ekvall (nacido en 1978) es un traductor, escritor y músico sueco que ha crecido en una pequeña isla del mar Báltico. En el año 1999, fundó el grupo de música psicodélica Octopus Ride, todavía activo. Seis años más tarde, concluyó sus estudios de maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Lund, y luego se mudó temporalmente en la Argentina, donde comenzó a trabajar como traductor de ficción. Tradujo, entre otros, El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, obras de Djuna Barnes, Woody Allen, Lewis Carroll y la mayor parte de las novelas de Ernest Hemingway. Trabajos de su autoría fueron publicados en las prestigiosas revistas suecas Subaltern y Staden.

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